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lunes, 11 de mayo de 2015

Mi historia con "Hombres buenos" de Pérez-Reverte.

Hombres buenos


No hace mucho que soy lectora de Pérez-Reverte, quizá cuatro o cinco años. Antes tan solo había leído "La piel del tambor" y uno de la serie de El capitán Alatriste: "El caballero del jubón amarillo".
Un amigo me prestó "El asedio" y me sorprendió mucho esa forma tan directa de narrar, ese estilo suyo tan personal.

Así que cuando tuve noticias de que había publicado "El tango de la vieja guardia", me fui directa a la biblioteca a preguntar si ya lo tenían y me lo traje a casa con una sonrisa de oreja a oreja. Y he de decir que, con esta novela, me enamoré como una tonta. Lo reconozco.


"El francotirador paciente" me tuvo enganchada y me dejó atónita con un final que para nada me esperaba. Desde luego, no se parecía en nada a las novelas anteriores... Esa es una de las características de Pérez-Reverte, que cambia de piel, incluso muta, sin despeinarse.

A "Hombres buenos" la estuve esperando como agua de mayo pero, jugando con mi propio deseo de hacerme con ella el primer día, me propuse esperar a comprarla en la Feria del Libro de Valencia, que comienza en día de Sant Jordi. Mientras llegaba ese día, la tuve en mis manos en un par de ocasiones, pero resistí la tentación de abrirla y echar un vistazo. Eso sí, vi todas las entrevistas que le hicieron al autor tanto en televisión como por internet.

El deseo iba en aumento, cuanto más escuchaba a su autor hablar sobre sus motivaciones, su decisión de narrar la historia de una forma peculiar, sobre el canto a la amistad noble y sincera que subyace en cada página, más eternos se me hacían los días... Hasta que llegó el 23 de abril y nos fuimos a dar una vuelta por la Feria, y volví con él envuelto en una bolsa de papel. No os cuento lo desencajada que tenía la mandíbula de tanto sonreír.

Obviamente, comencé a leerlo inmediatamente, y allí estaba todo aquello sobre lo que había oído hablar a su escritor. Allí estaba efectivamente el narrador contando cómo descubrió en la Real Academia los volúmenes de la primera edición de la "Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné" y que quería escribir una historia contando cómo llegaron hasta allí. Esa es una de las cosas singulares que podemos encontrar en esta novela, que nos cuenta dos historias: una es la historia del escritor que quiere narrar un acontecimiento histórico del que se siente orgulloso (del que todos deberíamos sentirnos orgullosos por lo que significaba en aquellos tiempos) y que nos irá contando cómo se documenta y cómo sitúa a los personajes o imagina las situaciones; la otra es la historia en sí, la aventura de aquellos dos académicos de la lengua que se jugaron el pellejo por traer las luces a una España donde la Inquisición seguía haciendo de las suyas.

Pero (sí, hay un pero, como en toda historia de amor ciego), esa forma de interrumpir la historia de los académicos con la historia del escritor, me sacaba del embeleso... No conseguía engancharme a la novela como yo había esperado... y la decepción pretendía asomarse...

Aunque no llegó a decepcionarme, ni mucho menos, porque esos dos académicos, esos dos personajes tan distintos pero tan parecidos en lo esencial, su integridad y amor por el conocimiento, consiguen que quieras beberte sus palabras. El bibliotecario, tranquilo, sin nada de mundo a sus espaldas, bueno como él solo, provoca ganas de abrazarle, así, directamente. Y el almirante, con su determinación y valentía, con sus ideas tan claras, más cristalinas que sus ojos acuosos, con su sentido de la justicia, de la primacía de la razón, con toda su sabiduría, hace que lamentes no haberle conocido en persona. Curioso me resultó, que en todo momento, cuando hablaba o actuaba el almirante, me parecía que a través de él hablaba el propio Pérez-Reverte.

Fui leyendo y aquella sensación de que no terminaba de entrar en la novela ya se había desvanecido apenas al momento de nacer. Tengo que decir, que me parece absolutamente acertada la forma de narrar que ha elegido el autor: primera persona en pasado para el escritor, tercera persona en presente para el viaje de los académicos. Con ello consigue que los cambios de una historia a la otra los comprenda el lector de forma instintiva con apenas leer unas palabras.

Y ahora, no me resisto a transcribir un párrafo que me dejó con la boca abierta, hasta el punto de leérselo en voz alta a mi pareja para que pudiera disfrutarlo también, para que entendiera por qué me parece tan grande este escritor.

Página 524

"Por su parte, Pascual Raposo está decidido a facilitar los sobresaltos en cuanto le sea posible. Apoyado en el arzón de su caballo, con las solapas del capote subidas hasta las orejas y el sombrero calado hasta las cejas, el jinete solitario observa de lejos la berlina detenida ante la posada de Tartas. El sol se encuentra ya muy bajo, rozando el horizonte tras las nubes que se confunden en la distancia con los bosques que circundan el lugar, y las sombras empiezan a reptar por los campos grises enfangados de lluvia, alcanzando el pueblecito que se alza al otro lado del río, y del que ya sólo se distingue con cierta nitidez la torre aguzada de un campanario. Aquél es un terreno muy llano, próximo al cauce del Midouze, y la luz cenicienta del sucio anochecer, cribado de una llovizna fina e intermitente que lo empapa todo, moja el capote de Raposo, empapa el pelaje de su montura y se refleja mercurial en los charcos y rodadas paralelas, en los surcos dejados por el carruaje en el barro del camino; el mismo que salpica las patas del caballo fatigado y las botas del jinete."
Ese "se refleja mercurial" en medio de ese magnífico párrafo, ¿acaso no merece quitarse el sombrero?
Pues yo me lo quito y digo, muy sinceramente: "A sus pies".

1 comentario:


  1. Una novela que es un medicamento eficaz para la crisis de valores en la que nos encontramos inmersos, con unos personajes absolutamente inolvidables: ese entrañable bibliotecario; el almirante, alter ego del autor; el deplorable zorro Raposo, actuando como cazador en busca de su presa -su apellido no podría ser más acertado -; su socio Milot - el policía putero y corrupto -; la arrebatadora y libertina Margot, cuya atracción hacia Don Pedro Zárate se palpa desde sus primeras líneas, sin olvidar a esas dos hienas -Higueruela y Sánchez Terrón -, moviendo sus fichas desde su cómoda posición.

    Un párrafo que me encantó, del capítulo 9:

    "Mueve el bibliotecario la cabeza con desaliento.
    -Por eso va a batirse mañana, entonces: para nada. Sólo porque toca batirse.
    La sonrisa aún no se ha borrado en la boca del almirante cuando éste asiente despacio, con infinita calma.
    -Sólo por eso. Sí. No por nada, sino por todo...Porque toca, y no hay otra. Y porque nadie vive eternamente."

    Chapó.

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