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martes, 8 de noviembre de 2016

¿Problemas con el narrador? ¡Qué va!

Que levante la mano quien no ha tenido problemas con el tipo de narrador elegido. No creo que sea yo la única pardilla a la que se le ha puesto borde el narrador y le ha dicho que para esa tarea debería haber llamado a su primo el de Siberia.

Según leo por todas partes, en decenas de libros y blogs cuya valía está más que demostrada, la elección del narrador es la segunda tarea del escritor. Primero será decidir qué demonios quiere contar, después viene lo de decidir quién lo cuenta y cómo.

Si he entendido bien, esos mismos libros y blogs suelen aconsejar un tipo (o dos como mucho) de narrador para cada género literario. Lo mismo, o peor, pasa con la elección del punto de vista. Pero vayamos por partes y con ejemplos. Para novela policíaca, los autores consagrados suelen utilizar un narrador en tercera persona desde el punto de vista del detective o detectives si es que son más de uno, que nunca más de dos.  En el siguiente extracto puedes ver cómo maneja la situación Donna Leon en Muerte entre líneas, con su genial comisario Guido Brunetti:
Brunetti se acordaba de él: un tonto que se las había arreglado para prejubilarse y al que aún se le veía en los bares hablando sobre su ilustre carrera como defensor de la justicia. Según se había percatado Brunetti, a lo largo de los años la gente había dejado de invitarle, pero él parecía estar siempre dispuesto a pagar las consumiciones de cualquiera que lo escuchase, cosa que le garantizaba un público constante.
He leído un montón de novelas de esta autora, no todas protagonizadas por Brunetti que en mi casa ya es como de la familia, y no recuerdo ahora mismo que haya abandonado esta forma de contar sus historias.

Por lo que he hablado con otros escritores o les he leído decir, parece ser el más cómodo de utilizar, igual que escribir en pasado... Pues a mí se me atragantan las dos cosas.

Lo de escribir en pasado o en presente es algo con lo que debo tener mucho cuidado porque soy capaz de pasarme de uno a otro en mitad de una escena sin darme ni cuenta. Lo del narrador en tercera persona con el punto de vista sobre un personaje concreto... A ver cómo lo explico.
Con tanto reloj una se lía...

Como todos los que queremos escribir o escribimos, atesoro ciertos libros que fueron aquellos que me hicieron suspirar al decir: yo lo que quiero es ser escritora. Si dejo aparte novelas como las de Julio Verne, que fueron mis primeras lecturas, o Momo y La historia interminable, y me centro en las lecturas de la edad adulta, hay dos novelas que me marcaron profundamente. Una ya la sabéis, es La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, sobre la que podéis leer esta otra entrada que le dediqué ya hace tiempo. Otra es De todo lo visible y lo invisible, de Lucía Etxebarria.

¿Queréis saber qué cosa tienen en común que, para mí, destaca a primera vista? Un narrador juguetón. No se me ocurre mejor forma de expresarlo. Mejor será poner un ejemplo del de Lucía mismo:
Antes de empezar a narrar la historia de cómo se conocieron Ruth y Juan, y de la evolución de su historia e amor y mentiras, tendremos que presentar a nuestros personajes, que, si bien fueron personas reales un día, se han convertido en personajes literarios desde el momento en que el lector no los conoce de primera mano...
Después, este narrador va asomando la cabecita alguna vez más entre páginas y más páginas de narrador en tercera persona desde el punto de vista de diferentes personajes (casi siempre Ruth) y en pasado. Aún así, aunque no se haga notar nunca tanto como en ese fragmento, su presencia flota en todo el texto, te sientes acompañada por él, como si te susurrara la historia de amor más enfermiza del mundo.

No me resisto a poner otro pequeño ejemplo encontrado en un autor que ha sido toda una revelación para mí, Pierre Lemaitre. Con su Nos vemos allá arriba me dejó noqueada, tal cual, estuve a punto de no poder pasar de las primeras páginas, pero tengo ahora más a mano una de sus novelas policíacas de la serie del peculiar detective Camille Verhoeven Rosy & John. Pongo un par de cachitos:

El encuentro fortuito que da un vuelco completo a tu vida, la placa de hielo traicionera, la respuesta que se pronuncia sin pensar... Las cosas decisivas ocurren en menos de una décima de segundo.
Por ejemplo, ese chiquillo de ocho años. Si da un simple paso en falso puede cambiarlo todo, irreversiblemente. Su madre fue a que le echaran las cartas, y le predijeron que sería viuda antes de que terminase el año. Se lo contó a su hijo entre lágrimas, con los puños contra el pecho, la voz entrecortada por los sollozos. Necesitaba hablarlo con alguien, ¿entiendes?
Otro ejemplo:
Miren por ejemplo a esa chica, a algunos metros detrás de nuestro chiquillo. Poco agraciada, estudiante de Economía,  nunca ha tenido relaciones sexuales. Ella dice que (...) Él la ha citado para decirle eso, que la desea. Basta que le responda sí o no para que todo se decida en un sentido o en el otro. Y no solamente en lo que respecta a la cuestión poco prosaica de la virginidad. Porque ella va a decirle que no. El hombre entonces le asegurará...
Estos guiños cómplices con el lector van apareciendo cada vez menos conforme avanza la trama, pero siguen ahí de alguna forma.

Pues bien, todos estos ejemplos son para ilustrar por qué a mí me fascina el narrador omnisciente, juguetón y cómplice y, encima, en presente. A veces me pregunto si no será un problema de ego desmesurado, por aquello de que me encanta ser como una diosa en mi relato.
A ésta también le gusta el narrador cómplice, se le ve claramente.

Lo cierto es que escribir de ese modo tiene sus pros y sus contras. Como ventaja principal diría que te permite un acercamiento al lector que la tercera persona convencional no te dará nunca. Como inconveniente diré que puede resultar cansino. Supongo que por eso lo van dosificando los autores que trabajan con él. Es como si engancharan al lector al lector al principio y después le fueran interpelando de vez en cuando como para que no se suelte del anzuelo pero con mucho cuidado para no cansar.

Por mi parte, he probado a escribir un relato largo con esa diosa que todo lo ve, todo lo sabe y, además, es cotilla y te lo quiere contar pero a su manera para hacerte morir de curiosidad. Lo he intentado. Escrito está. Es para una publicación conjunta y espero que pase el filtro porque está escrito con todo el cuidado del mundo, con mil revisiones y muchísimas horas de trabajo. Pero soy consciente de que la apuesta era arriesgada en una escritora novel. Seguro que conseguiré dominarlo a base de muchos intentos, o eso espero.

La novela policíaca que estoy escribiendo cuenta con un neutral narrador en tercera persona desde el punto de vista de los detectives. Eso sí, de momento consta de 6 capítulos escritos en presente y 5 en pasado... Ya he dicho que controlar eso me cuesta. Aunque debo reconocer que, pese a que suelo estar más cómoda narrando en presente, me resulta más cómodo leer en pasado... Una que es rara. Así que, seguramente, terminaré por escribirla toda en pasado pensando en mi yo lectora.

¿Me contáis qué narrador os gusta más a vosotros como escritores y como lectores?

1 comentario:

  1. Pues a mí me es más fácil escribir en primera persona, que fue lo que hice en mi primera novela. Ahora también estoy escribiendo una novela de tintes policíacos (más o menos) y me he retado a hacerlo con un narrador omnisciente, y no veas lo que me está costando, se me está atragantando cosa mala. Biquiños!

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