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Abandonar Berta Isla por Eva: duelo de recursos narrativos

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No sorprendo a nadie a estas alturas si declaro mi amor por las letras de Pérez-Reverte. No voy a decir que soy una incondicional, porque si algo no me gusta, lo dejo, lo abandono, sin remordimientos. Y, casi, ninguna vez miro atrás. Así que el hecho de dejar de lado otra novela para coger Eva por delante no tiene nada que ver con su autor.

Porque si toca ser sincera, y toca, Eva también fue abandonada en su momento con menos de cien páginas leídas. Espera, no te embrolles, ahora te lo explico todo.

Berta Isla, de Javier Marías, y Eva, de Arturo Pérez-Reverte, fueron mi regalo de cumpleaños en enero. Dos libros a los que tenía muchas ganas. Tantas que llené mis redes sociales con sus fotos con filtro y todo para intentar captar un poco de la felicidad que me daba tenerlos en las manos por fin. Una de las publicaciones de Instagram tenía un texto que lo decía todo: Pito-pito, gorgorito. No sabía cuál de los dos leer primero.




Cotilleo la vida de Virginia Woolf

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No sé si es la edad o si siempre he sido así y no me daba cuenta, el caso es que desde hace unos años me encanta leer diarios, cartas, confesiones y demás de escritores y, lo más curioso es que no tienen por qué ser escritores de los que me guste leer su obra. Me explico un poco: últimamente cotilleo la vida de Virginia Woolf sin miramientos.

Antes de Virginia, me dio por la correspondencia de Julio Cortázar, del que sólo he leído Rayuela, y tampoco entera, aunque me dio por perseguir una edición un tanto antigua y muy esquiva por todas las ferias de libros de ocasión y librerías de viejo que me encontraba. Algún día me tendré que hacer mirar esa obsesión mía por esa edición. Fui parada por parada, tanto en Madrid como en Valencia, enseñando una foto del libro deseado sin conseguirlo. No os cuento la carita con la que muchos me miraban... creo que más de uno se reconoció en mi locura.

Otra forma de cotilleo en vida ajena es leer el Mientras leo de Stephen King, o De qué hablo cuando hab…

Falcó versus Mejías. O de cómo crear dos protagonistas inolvidables

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Se me ha pasado por la cabeza la locuela idea de hablar de cómo debe ser un protagonista de novela policíaca comparando a dos personajes carismáticos que andan estos días en las mesas de novedades.

Hace dos semanas hablé sobre mis lecturas del mes de octubre. En esa entrada ya me explayé a gusto sobre lo mucho que me había gustado la última novela de Pérez-Reverte. En cuanto terminé Falcó, cogí con ansia otra novela a la que le tenía muchas ganas. El jardín de cartón es la segunda novela donde Santiago Álvarez recrea las andanzas de su detective privado Vicente Mejías. Hablaré con más detenimiento de ella en el resumen del mes de noviembre, pero creo que debo dar unas pinceladas para que nos situemos.

Mi Noviembre de Kate

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Ays... Con cuántas ganas esperaba yo El noviembre de Kate, de Mónica Gutiérrez, este verano. A mediados de julio llegó un paquete de la librería pero se me prohibió abrirlo hasta el día D. Yo lo miraba de reojo cada vez que entraba y salía de casa porque seguía en el mueble de la entrada pensando en lo crueles que son algunas personas, cómo se nota que no adoran los libros como nosotros, ¿verdad?
Días después, feliz de la vida y de viaje en Pirineos, mandaba yo esta foto por Twitter.

Aquellas montañas son maravillosas, los paseos, la gastronomía, las personas que vas conociendo... Todo muy bonito, pero ahí me tenías a mí deseando regresar a la casa al atardecer para sentarme bajo los robles a leer.

Mi historia con "Hombres buenos" de Pérez-Reverte.

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No hace mucho que soy lectora de Pérez-Reverte, quizá cuatro o cinco años. Antes tan solo había leído "La piel del tambor" y uno de la serie de El capitán Alatriste: "El caballero del jubón amarillo". Un amigo me prestó "El asedio" y me sorprendió mucho esa forma tan directa de narrar, ese estilo suyo tan personal.
Así que cuando tuve noticias de que había publicado "El tango de la vieja guardia", me fui directa a la biblioteca a preguntar si ya lo tenían y me lo traje a casa con una sonrisa de oreja a oreja. Y he de decir que, con esta novela, me enamoré como una tonta. Lo reconozco.