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Esta soy yo

Esta soy yo
Nunca me gustaron los cuentos de hadas. Tampoco cayó en mis manos ningún tebeo de Mortadelo y Filemón. 

Aprendí a querer pensar por mí  misma de muy chiquita, demasiado rápido, y por eso se me comieron las pesadillas. Soñaba con la muerte venida por muchos caminos distintos y mis gritos de terror despertaban a toda la casa. Pero aprendí a leer y mi hermana mayor me regaló una novela, la primera de muchas, y mi mente tuvo otra cosa en qué pensar: grandes aventuras dando la vuelta al mundo en ochenta días, naufragando y yendo a parar a la isla escuela de robinsones, huyendo del mundo refugiándome bajo el mar como el capitán Nemo, recorriendo cielo, mar y tierra con mi Albatros como en “Dueño del mundo”. Cesaron las pesadillas, comencé a soñar despierta y el mundo a preguntarse: ¿qué demonios le pasa a esa niña que anda siempre en las nubes?

Crecí un poco más y un día entré a hurtadillas en la habitación de mi hermana mediana y descubrí a Mafalda y quise ser como ella. Miraba las noticias e intentaba comprender algo, leía el periódico y me confundía aún más. De esta forma, sin notarlo nadie, ni yo misma, aprendí de política, de derechos humanos, de ecología, de compromiso e ideales, y cuando quise darme cuenta, ya era un proyecto de adolescente con el alma rota. Ni Platón ni Quevedo ayudaron a recomponerla, precisamente.

Y quise creer que podría algún día cambiar el mundo con una frase, una novela, quizás un gran personaje.

Pero aquella niña, ya ni niña ni adolescente sino mujer, aprendió a sobrevivir, enterró el alma rota, congeló el corazón y se escondió en novelas alienantes, pasatiempos sin médula, entretenimientos vanos para dejar la mente en blanco. Lo conseguí, largos años de anestesia emocional, de código Da Vinci y Harry Potter, de sábanas santas y biblias de barro, de catedrales en el mar y últimos catones, de misterios templarios y merovingios. Cada libro tiene su momento y nos salva a su manera. Lo que creía necesitar en aquella época era sumergirme en las historias de los demás para no bucear en las propias.

Para mi cumpleaños, una persona ya que pasó a ser parte de mi pasado, con uno de esos actos que sólo la (¿divina?) providencia sabe de antemano cuánta ironía conllevan, me regaló el gran libro de Mafalda. Y ya no pude seguir huyendo de sí misma, ya no pude mirar hacia otro lado. Recordé que algún día quise cambiar el mundo con una frase, una novela, quizás un gran personaje.

Así que me apunté a un taller de narrativa, que obviamente no fue el adecuado para mí, hasta el punto de conseguir que no volviera a escribir durante cinco años. Pero cuando tu vocación está clara, cuando te llama a gritos a la menor ocasión, intentar acallarla no hace sino empeorar las cosas, hacer que te sientas incluso físicamente mal.

El miedo a no saber hacerlo bien, a no tener nada interesante que contar, a fracasar, sigue presente, pero aquí estoy, dispuesta a hacerle frente. Tengo, además, la gran suerte de contar con un gran apoyo a mi lado, que aguanta mis neuras, que me ayuda dando un paseo conmigo cuando me atasco, que consigue que vaya venciendo mi timidez y mi miedo al ridículo.

Iré colgando en este blog pequeños textos y opiniones sobre mis lecturas.  También aquello que vaya aprendiendo en este camino de las letras que ahora comienzo a recorrer; por eso hablaré de aquellos trucos, de los miles que hay desperdigados por un montón de buenos libros y blogs, que me funcionan a mí en estos comienzos. 

Quisiera sentirme acompañada en este camino, saber lo que piensa quien llegue a leer las entradas. Compartir con quien esté en mi misma situación o recibir consejos de quien ya lleve tiempo en el camino de la escritura. Os animo, pues, a escribir comentarios o a poneros en contacto conmigo.

¡Buen camino! A escribir, se ha dicho…

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